viernes, 23 de octubre de 2009

¿Ese es Jesús?


Al entrar en la iglesia un domingo por la mañana, un niñito me miró y le preguntó a su madre: «Mami, ¿ese es Jesús?» Sobra decir que tuve curiosidad por escuchar la respuesta de la mujer. «No —dijo ella—. Ese es nuestro pastor».
Por supuesto que sabía que ella diría que no, pero aun así deseaba que ella hubiese añadido algo así como: «No, ese es nuestro pastor, pero nos recuerda mucho a Jesús».
Ser como Jesús es el propósito en la vida de aquellos de nosotros que estamos llamados a seguirle. De hecho, tal y como lo observa John Stott, es la meta que nos consume en el pasado, presente y futuro. Romanos 8:29 nos dice que, en el pasado, Dios nos «predestinó para que fu[ésemos] hechos conformes a la imagen de su Hijo». En el presente «somos transformados» al crecer «de gloria en gloria en la misma imagen» (la semejanza de Cristo) (2 Corintios 3:18). Y, en el futuro, «seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2).
Ser como Jesús no consiste en guardar las reglas, ir a la iglesia y dar el diezmo, sino en conocer Su perdón y realizar actos de gracia y misericordia de manera constante. Consiste en vivir una vida que valora a todas las personas y en tener un corazón totalmente entregado a la voluntad de nuestro Padre.
Sé como Jesús. ¡Para eso fuiste salvado!

Cinco personas que encontrarás en el cielo


Mitch Albom, autor de The Five People You Meet in Heaven (Las cinco personas que encontrarás en el cielo), dijo que se le ocurrió la idea para su libro cuando imaginó cómo sería el cielo si algunas de las personas en las que causamos impacto en la tierra explicaran nuestra vida cuando las encontráramos allí.
El libro de Albom ofrece una profunda comprensión de cómo intervenimos involuntariamente en las vidas de otras personas. Pero, para los cristianos, nuestro gozo final en la eternidad no proviene de otras personas, sino de nuestro Señor y Salvador. El cielo es un lugar real que Jesús está preparando para nosotros ahora. Y, cuando lleguemos allí, nos regocijaremos al encontrarnos con el Cristo vivo (Juan 14:2-3; 2 Pedro 3:13).
Sin embargo, este encuentro con Jesús también incluirá rendir cuentas por la vida que llevamos en la tierra. Se nos dice a los creyentes: «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo» (2 Corintios 5:10). Su evaluación sabia y justa nos mostrará lo bien que hemos amado a Dios y a nuestro prójimo (Mateo 22:37-40).
No sabemos quiénes serán las primeras cinco personas con las que nos encontremos en el cielo, pero sí sabemos quién será la primera de todas: el Señor Jesús.

Secretos expuestos


Por muchos años, el Lago Okeechobee escondió muchos secretos en sus densas aguas y en sus capas de fango. Sin embargo, en 2007, la sequía secó este lago hasta alcanzar su nivel más bajo desde que se hubieran hecho registros oficiales en 1932, revelando cientos de años de historia. Al rastrillar el lecho del lago, los arqueólogos encontraron artefactos, cerámica, fragmentos de huesos humanos e incluso botes.
Después de que el rey David cometiera adulterio con Betsabé y planeara la muerte del esposo de esta, Urías, cubrió sus pecados negándolos y no confesándolos. Probablemente pasó muchos meses llevando a cabo sus asuntos, como de costumbre, e incluso realizando deberes religiosos. Todo el tiempo que David mantuvo sus pecaminosos secretos encubiertos experimentó el aplastante dedo acusador de Dios y su fuerza se evaporó como agua en el calor del verano (Salmo 32:3-4).
Cuando el profeta Natán confrontó a David con respecto a su pecado, la convicción de Dios fue tan grande que David confesó sus pecados al Señor y se alejó de ellos. De inmediato, Él perdonó a David y este experimentó Su misericordia y gracia (2 Samuel 12:13; Salmo 32:5; Salmo 51).
Tengamos cuidado de no ocultar nuestro pecado. Cuando ponemos al descubierto nuestros pecados, confesándolos a Dios, quedamos cubiertos con Su perdón.

Pisándole los talones


Stan y Jennifer estaban dando una charla en una conferencia después de su primer trimestre de servicio en el campo misionero.
Jennifer contó acerca de un estudio bíblico que había llevado a cabo con una mujer. Ambas estaban deliberando sobre Mateo 4:19, y la mujer le habló a Jennifer sobre una palabra en su idioma nativo que significa seguir. Dijo: «Es la palabra para seguir de cerca, no a cierta distancia».
A fin de ilustrar esto, Jennifer mostró unas sandalias que usan las mujeres nativas, una muy lejos de la otra. Luego puso una sandalia justo junto a la parte de atrás de la otra y pronunció la palabra que significa «seguir justo pisándole los talones a la otra persona». Esto sugiere que hemos de seguir a Jesús lo más cerca que podamos.
Más tarde, cuando Jennifer estaba repasando el diario que había estado escribiendo, quedó sorprendida al ver cuán a menudo había cuestionado: «¿Será Jesús suficiente?» Ella había estado abriéndose paso a través del choque cultural, la soledad, la enfermedad y la falta de hijos. A veces se había sentido lejos de Cristo; pero, cuando por medio de la oración y la fe se había acercado a Él lo más que podía, «pisándole los talones», Él había calmado su alma, restaurado sus fuerzas y le había dado paz.
¿Estás sintiéndote lejos del Señor, vacío, débil y temeroso? Es momento de seguirle, pisándole los talones.

Memoria fallida


Un artículo en la revista New York Times relacionaba el aumento de almacenamiento en las computadoras con la disminución de datos en la mente humana. Nuestros ayudantes electrónicos ahora recuerdan números telefónicos, direcciones y otras informaciones que solíamos aprender de memoria. En los colegios, la memorización y la recitación oral están desapareciendo del plan de estudios. Según el Times, nos hemos convertido en «productos de una cultura que no hace valer el desarrollo de las habilidades de la memoria».
Y, sin embargo, como seguidores de Cristo, jamás nos hemos encontrado en mayor necesidad de guardar la Palabra de Dios en nuestros corazones (Salmo 119:9-11). Memorizar las Escrituras es más que un ejercicio mental útil. La meta es saturar nuestras mentes con la verdad de Dios para que nuestras vidas sean conforme a Sus caminos. El salmista escribió: «Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin […]. Aparta mis ojos, que no vean la vanidad; avívame en tu camino» (Salmo 119:33,37).
¿Por qué no comenzar a memorizar las Escrituras? La constancia y la revisión diaria son elementos clave para el éxito. Y, al igual que el ejercicio físico, esta disciplina espiritual mejora cuando se realiza con un pequeño grupo o con un amigo.
No olvidemos recordar y seguir la sabiduría de la Palabra de Dios que nos da vida.

¿Quién va?


El otoño pasado, mi esposa y yo recorríamos una sinuosa carretera de montaña cerca de casa cuando nos cruzamos con un gran rebaño de ovejas que bajaban por la carretera hacia nosotros. Un pastor solitario con sus perros iba delante y guiaba al rebaño alejándolo de los pastos de verano y llevándolo hacia las tierras bajas y sus cuarteles de invierno.
Nos hicimos a un lado y esperamos mientras el rebaño pasaba a nuestro lado. Observamos las ovejas hasta que se perdieron se vista, y luego me pregunté: ¿Temerán las ovejas el cambio, el movimiento, los lugares nuevos?
Como a la mayoría de las personas de cierta edad, a mí me gusta estar dentro del «redil», de lo que me es familiar. Pero últimamente todo son cambios; me llevan lejos de mi ambiente familiar hacia lo desconocido. ¿Qué novedades vendrán en los próximos días? ¿Qué temores innombrables despertarán dentro de mí? Me vienen a la mente las palabras de Jesús en Juan 10: «Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas» (v.4).
Tal vez nos sintamos consternados ante lo que la vida nos depare en el futuro, pero nuestro Pastor conoce el camino que estamos tomando, y Él va delante de nosotros. No nos guiará por senderos demasiado peligrosos ni arduos donde no nos pueda ayudar. Conoce nuestros límites y el camino hacia los pastos verdes y las buenas aguas; todo lo que tenemos que hacer es seguirle.

Ayudar al que sufre


Al preguntar a personas que sufren, «¿quién te ayudó?», nadie menciona a catedráticos de teología de algún prestigioso seminario ni a ningún filósofo famoso. Todos tenemos la misma capacidad de ayudar a los que sufren.
Nadie puede empaquetar o embotellar la respuesta «apropiada» al sufrimiento. Cuando preguntamos a los que están sufriendo, algunos recuerdan a algún amigo que con alegría los ayudó distrayéndolos de su pesar. Otros consideran ese enfoque insultante. Algunos quieren una charla franca y honesta; otros encuentran dicha conversación insoportablemente deprimente.
No existe una cura mágica para la persona que sufre. Por encima de todo, dicha persona necesita amor, porque este instintivamente detecta lo que hace falta. Jean Vanier, fundador del movimiento L’Arche (El Arca), para los que sufren discapacidad, dice: «Las personas heridas, que han sido quebrantadas por el sufrimiento y la enfermedad, sólo piden una cosa: un corazón que las ame y se comprometa con ellas, un corazón lleno de esperanza en ellas».
Puede que tal amor sea doloroso para nosotros, pero el apóstol Pablo nos recuerda que el amor verdadero, «todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Corintios 13:7).
En Su habitual forma de hacer las cosas, Dios usa a personas corrientes para producir Su sanidad. Los que sufren no necesitan nuestro conocimiento, sino nuestro amor.

Tiempo de jubilarse


Después de haber trabajado como maestra durante 40 años, Jane se jubiló. Ella y su esposo estaban esperando la llegada de su primer nieto.
La jubilación es ese período en la vida en el que muchas personas simplemente se relajan, viajan o disfrutan de sus aficiones. Pero Jane se enteró de un ministerio que trabajaba con jóvenes en situaciones de riesgo, en una ciudad cerca de su casa, y sintió que debía involucrarse. «Me di cuenta de que hay muchachos que tan sólo están esperando y que yo podía marcar una diferencia», dijo. Comenzó a enseñar inglés a un joven liberiano que se había visto forzado a huir de su país de origen por causa de la guerra civil. Aunque estaba en un ambiente seguro, no entendía el nuevo idioma. Ante esta oportunidad ministerial, Jane dijo con una sonrisa: «Podría ir de compras para mantenerme ocupada, pero ¿me divertiría lo suficiente?»
Jane está marcando una diferencia. Tal vez ha aprendido un poquito de aquello a lo que Jesús se refería cuando dijo: «Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 16:25). Entregarnos al Señor a través de la ayuda a los demás demanda abnegación, pero un día Jesús recompensará ese esfuerzo (v.27).
Sigamos el ejemplo de Jane de amor a Dios y a los demás, sin importar cuál sea la etapa de nuestra vida.

Enseña bien a tus hijos


El Vals de la bella durmiente, La obertura de 1812 y El ballet cascanueces fueron todos parte de la música de mi niñez.
Algunas veces nos contaban historias o, como en el caso de Tubby la tuba, y Pedro y el lobo, nos mostraban a mis hermanas y a mí a los sonidos de diferentes instrumentos. En su deseo por transmitirnos su amor por la música, mis padres usaban este método de enseñanza. ¡Y funcionaba! Entretejer los cuentos clásicos con melodías clásicas tuvo un poderoso impacto sobre nosotras.
Cuando queremos transmitir información importante a un niño, a menudo la mejor manera es a través de una historia, porque así el niño la entiende y la disfruta más fácilmente. Contarles a los niños las historias de la Palabra de Dios es de importancia crucial, porque la verdad perdurable de la Biblia puede moldear el carácter y mostrar las consecuencias de las acciones (1 Corintios 10:11). Las semillitas de la fe pueden cultivarse en suelo fértil y ayudar a los niños a ver cómo Dios ha obrado en las vidas de Sus seguidores a lo largo de toda la historia. Los relatos bíblicos también muestran cómo Dios está íntimamente involucrado en nuestras vidas.
Lo que hemos visto que Dios hace por nosotros y lo que ha hecho por Su pueblo a lo largo de la historia debe transmitirse a la siguiente generación (Deuteronomio 11:1-21). Su futuro depende de ello. Enséñaselo bien a tus hijos.

Hombros de gigantes


Los gigantes mantienen un lugar especial en nuestras tradiciones, tanto en la historia como en la literatura, como el gigante Goliat de la realidad o el famoso gigante de ficción en el cuento Jack y las habichuelas mágicas.
A veces usamos la palabra gigante para honrar a personas de tamaño normal que han hecho cosas extraordinarias. Un ejemplo es el físico del siglo xvii, Sir Isaac Newton. Era un cristiano comprometido, y por ello acreditó su éxito a otros «gigantes» que lo habían precedido. «Si he visto un poquito más allá —dijo—, es porque estaba subido sobre los hombros de gigantes». Es más, Newton llegó a ser un gigante sobre cuyos hombros se apoyaron otros científicos en épocas posteriores; sus observaciones fueron usadas para la conquista de los viajes espaciales.
Cuando Dios le ordenó a Josué que dirigiera a los israelitas hacia la tierra prometida, ciertamente este líder tuvo los hombros de un gigante sobre los cuales subirse. Él había observado el liderazgo de Moisés durante 40 años y ahora podía poner en acción lo que había aprendido.
Josué tuvo otra ventaja: su caminar con Dios sustentó la misión de su vida. Por lo tanto, mientras guiaba a Israel, contó tanto con el ejemplo de Moisés como con la promesa de la presencia de Dios.
¿Buscas ayuda al enfrentar tu futuro? Busca un gigante a quien seguir. Y jamás subestimes la importancia de tu caminar con Dios.

La muerte derrotada


La fe cristiana debe marcar una diferencia en cuanto a cómo vivimos cada día; pero la prueba de nuestra confianza en el evangelio es nuestra reacción ante la muerte. Cuando asistimos a un funeral en memoria de algún amigo cristiano, damos honra a un creyente cuya confianza ha bendecido las vidas de aquellos que lo conocieron. Las palabras dichas son más la expresión de alabanza a Dios que un tributo a un admirado compañero de peregrinaje. El servicio religioso es un testimonio que da gloria a Dios por la victoria de nuestro Salvador sobre la muerte (1 Corintios 15:54-57).
Cuán diferente es esto del funeral de Charles Bradlaugh, un beligerante ateo británico. El escritor Arthur Porritt dice: «No se pronunció oración alguna junto al sepulcro. Es más, no se pronunció ninguna palabra. Los restos, guardados en un ligero ataúd, fueron colocados en la tierra de manera bastante carente de ceremonia, como si se quitara apresuradamente la carroña de la vista […]. Salí de allí con el corazón helado. Sólo entonces caí en la cuenta de que la pérdida de la fe en la continuidad de la personalidad humana después de la muerte le da a esta una espantosa victoria».
Los cristianos creemos que veremos cara a cara al Señor después de la muerte y la resurrección final de nuestros cuerpos (1 Corintios 15:42-55; 1 Tesalonicenses 4:15-18). ¿Se regocija tu fe en la victoria sobre la muerte?

Resolución de conflictos


En muchos países se celebra hoy el Día internacional de la resolución de conflictos. Su propósito es alentar a las personas a hacer uso de la mediación y arbitraje más que del sistema legal para resolver sus diferencias. Ya que, como seguidores de Cristo, no somos inmunes a los conflictos, necesitamos aprender a resolver nuestros desacuerdos de maneras que honren al Señor.
Se ha dicho que «las peleas en la iglesia son las peores», tal vez porque estallan entre personas que profesan que su fe se basa en la unidad y el amor. Muchos cristianos han quedado tan heridos por algún otro creyente que se alejan de la iglesia y jamás regresan.
En la Biblia se menciona expresamente a Evodia y Síntique, y se las insta a que resuelvan sus diferencias: «Sean de un mismo sentir en el Señor» (Filipenses 4:2). En vez de dejarlas solas para que arreglasen su disputa, Pablo apeló a un colaborador de confianza para «que ayud[ara] a estas que combatieron juntamente conmigo en el evangelio» (v.3). En este mismo contexto, Pablo instó a los filipenses a llevar sus peticiones a Dios, tomando debida nota de que la oración trae la paz de Dios (v.7) y un sentido de Su presencia perdurable (v.9).
Las relaciones quebrantadas en una iglesia cristiana son responsabilidad de dicha comunidad. En medio de las heridas y las diferencias, podemos alentar, escuchar y orar.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Estad quietos


Mientras estaba sentado en la silla del dentista, me preparé para el taladro que se abriría camino hacia la raíz de una de mis muelas. Estaba listo para lo peor, y mi lenguaje corporal y expresión facial pusieron al descubierto lo aterrado que estaba. El dentista me miró y sonrió, diciendo: «Está bien, Bill. Intenta relajarte».
No es fácil hacer eso. De hecho es muy difícil intentar (lo cual requiere esfuerzo y ejercicio) relajarse (lo cual requiere una ausencia de esfuerzo y ejercicio). Intentar y relajarse simplemente parecen no encajar; no sólo en la silla del dentista, sino también en la esfera espiritual.
Con demasiada frecuencia me resisto con todas mis fuerzas a ir al consultorio del dentista. Y, en mi relación con Cristo, me doy cuenta de que no presiono para que se cumplan los propósitos de Dios, sino mis propios intereses. En esos momentos, lo más difícil para mí es «intentar relajarme» y tener una auténtica confianza en Dios en cuanto a los resultados de las pruebas de la vida.
En Salmo 46:10 leemos: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra». En esos momentos en los que mi corazón está angustiado, este versículo me recuerda que «esté quieto y conozca». Ahora bien, si puedo poner sólo eso en práctica y descansar confiadamente bajo Su cuidado, estaré en paz.

martes, 13 de octubre de 2009

Fantasía olímpica


La ceremonia de apertura de las Olimpiadas de Pekín el 8 de agosto del 2008 impresionó al mundo. Yo la vi por televisión, mientras que más de 90 000 personas la presenciaron en vivo en el Estadio del Nido del Ave. Fue algo inspirador escuchar acerca de los 5 000 años de historia de China y los inventos con los que este país había contribuido al mundo: la elaboración del papel, la impresión con tipos móviles, el compás y los fuegos artificiales.
La reina de Sabá quedó muy impresionada con lo que vio al visitar a Salomón (1 Reyes 10:4-5). Las vistas de Jerusalén la abrumaron al punto de exclamar: «Ni aun se me dijo la mitad» (v.7). Por encima de todo, ella estaba impresionada con la sabiduría de Salomón (vv.6-7). Estaba convencida de que los súbditos del rey eran felices porque continuamente estaban delante de él y escuchaban su sabiduría (v.8). Concluyó alabando al Señor de Salomón por haberlo hecho rey, para que «hiciera derecho y justicia» (v.9).
El impacto que Salomón tuvo sobre su pueblo hizo que me preguntara acerca de nuestra contribución al mundo. No nos preocupa impresionar a los demás con nuestras posesiones o habilidades, pero todos deberíamos querer marcar una diferencia en las vidas de las personas. ¿Qué pasaría si cada uno de nosotros hiciera hoy algo que llevase a las personas a alabar al Señor?

Detalles, detalles


Los detalles marcan la diferencia. Si no, pregúntale al alemán que había planeado visitar a su prometida para Navidad, pero que terminó en la nevada Sydney, en Montana, en vez de en la soleada Sydney, en Australia.
Las preposiciones parecen detalles insignificantes en nuestro idioma, pero pueden marcar una gran diferencia. Tomemos las palabras «en» y «por», por ejemplo.
El apóstol Pablo escribió: «Dad gracias en todo» (1 Tesalonicenses 5:18). Eso no significa que tengamos que estar agradecidos por todo. No tenemos que estar agradecidos por las malas elecciones que alguien hace, pero podemos estar agradecidos en cualquier circunstancia, porque el Señor puede usar para bien las dificultades que resultan de ellas.
La carta a Filemón ilustra esta idea. Pablo estaba encarcelado junto con Onésimo, un esclavo fugitivo. Ciertamente, él no tenía que dar las gracias por su mala situación. Sin embargo, esta carta está llena de gratitud, porque el apóstol sabía que Dios estaba usando dicha adversidad para bien. Onésimo había llegado a ser algo más que un esclavo; ahora era un amado hermano en el Señor (v.16).
Saber que Dios puede usar todas las cosas para bien es razón más que suficiente para dar gracias en todo. Dar gracias en circunstancias difíciles es un pequeño detalle que marca una gran diferencia.

viernes, 9 de octubre de 2009

Ve más allá de la lectura


«Pastor, ¿dónde están los devocionales de Nuestro Pan Diario?» Las palabras se pronunciaron ásperamente, casi con ira. La última edición no se había colocado en el estante de la iglesia. Esto llevó a que un lector se enfrentara al pastor. Aunque distribuirlos no era su responsabilidad, este se sintió terriblemente mal por la manera en que este miembro de la congregación lo había reprendido.
Cuando escuché esto, quedé atónito ante la ironía de la situación. La intención de los libritos de devociones es que alienten el crecimiento cristiano y la gracia piadosa. Y, como creyentes de Cristo que leemos materiales de devocional, esperamos estar avanzando hacia la madurez espiritual que lleva a la «entrañable misericordia, […] benignidad, […] humildad, […] mansedumbre, […] paciencia», cualidades de las que debemos «vestirnos» (Colosenses 3:12).
Nuestras disciplinas espirituales (leer la Palabra de Dios de manera conjunta con materiales suplementarios de estudio o devoción, la oración y la adoración) no deben ser fines en sí mismas. En vez de ello, dichas acciones son medios para llegar a ser más a la imagen de Cristo, más piadosos, más guiados por el Espíritu. Nuestra práctica espiritual debe llevar a hacer que «la palabra de Cristo more en abundancia en [n]osotros» (3:16). Eso se mostrará en todo lo que hagamos y digamos.

Diciendo la verdad


En la novela Matar a un ruiseñor, Atticus Finch es un respetado abogado en un pueblo pequeño de una región racista de los años 30. Cuando acepta un caso en el que un hombre negro inocente se enfrenta a dos blancos deshonestos, Atticus sabe que enfrentará el terrible prejuicio del jurado. Pero su conciencia lo obliga a decir la verdad osadamente frente a la oposición.
A menudo los profetas del Antiguo Testamento eran enviados a predicar la verdad a un pueblo terco. «[Dios] les envió profetas para que los volviesen a Jehová, los cuales les amonestaron; mas ellos no los escucharon» (2 Crónicas 24:19). Su mensaje a menudo daba como resultado persecución, y algunas veces incluso la muerte (Hebreos 11:32-38).
Durante el ministerio de Cristo en la tierra, Su mensaje también dio como resultado una iracunda oposición (Lucas 4:21-30). Sin embargo, en la soberanía de Dios, la terrible injusticia que sentenció a Jesús a la muerte en la cruz fue la que compró nuestra redención.
Ahora bien, como representantes en este mundo del Cristo resucitado, hemos de promover la reconciliación, la justicia y la integridad (Miqueas 6:8; 2 Corintios 5:18-21). Y, al hacerlo, puede que esto signifique decir la verdad al enfrentarnos a la oposición. Esta es la carga que todo creyente ha de llevar hasta el día en que Cristo restaure todas las cosas (Apocalipsis 20:11-15).

Perdón por las lágrimas


Una amiga mía estaba haciendo un gran cambio en su vida; estaba dejando su empleo de 50 años para emprender un nuevo negocio. Lloraba cuando se despedía de sus compañeros y, al hacerlo, con frecuencia decía: «Perdón por las lágrimas».
¿Por qué algunas veces sentimos la necesidad de disculparnos por llorar? Tal vez vemos las lágrimas como una muestra de debilidad de nuestro carácter o de una vulnerabilidad que no nos gusta. Tal vez nos sentimos incómodos o pensamos que nuestras lágrimas molestan a los demás.
Sin embargo, es Dios quien nos dio nuestras emociones. Son una característica de que hemos sido hechos a la imagen de Dios (Génesis 1:27). Él sufre. En Génesis 6:6-7, estaba afligido y molesto por el pecado de Su pueblo y la separación que este causó entre Él e Israel. Jesús, Dios encarnado, se unió a Sus amigas María y Marta al llorar la pérdida del hermano de ellas, Lázaro (Juan 11:28-44). «Se estremeció en espíritu y se conmovió» (v.33). «Lloró» (v.35). «Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro» (v.38). Dudo que Él se disculpara por llorar.
Un día, cuando lleguemos al cielo, ya no habrá sufrimiento, separación ni dolor, y Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos (Apocalipsis 21:4). Mientras tanto, puede que corran las lágrimas. No hay necesidad de disculpas.

jueves, 8 de octubre de 2009

Ya he estado allí antes


A la leyenda del béisbol Yogi Berra se le conoce por sus ocurrencias a menudo repetidas, tales como «no ha terminado hasta que haya terminado» y «¡parece que ya he estado allí antes!»
Me pregunto si los discípulos sintieron que ya habían estado allí antes cuando vieron a Jesús de pie junto a la orilla (Juan 21). Desalentados, distraídos y preocupados por sus propias necesidades, a la sombra de la negación de Pedro y de cómo habían abandonado a Jesús, habían dejado su llamamiento de seguir a Su Señor y retornaron a su antigua ocupación, la pesca.
Luego, después de una infructuosa noche de pesca, una voz desde la orilla les dio una orden: «Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis» (Juan 21:6). Cuando lo hicieron, las redes estaban tan llenas que no podían sacarlas. Sin duda alguna, sus mentes volaron hacia su primer encuentro con Jesús, cuando Él se les apareció a la «orilla» de sus carreras y, después de otra pesca milagrosa, les llamó a dejar sus redes y seguirle (Lucas 5:1-11).
Al igual que los discípulos, tal vez queramos regresar a nuestras antiguas vidas cuando nos desalentamos en nuestro caminar con Jesús. Pero luego el Señor vuelve a aparecérsenos a la orilla de nuestras vidas para darnos perdón y llevarnos de vuelta a aquellos momentos en los que nos llamó por primera vez.
¡Es como si ya hubiéramos estado allí antes!

miércoles, 7 de octubre de 2009

Entendámonos unos a otros


Una de las mejores maneras en que un hombre puede amar a su esposa es entendiéndola. Pablo explica que es un deber de los esposos «vivi[r] con [sus esposas] sabiamente» (1 Pedro 3:7).
Este principio funciona en ambos sentidos. Los esposos también quieren ser comprendidos. En realidad, todos lo queremos. Todos, ya sea casados o no, anhelamos que los demás nos entiendan al nivel más profundo posible. Nacemos con esa necesidad y parece que jamás la superamos.
Decir que no podemos entendernos unos a otros es una excusa muy poco convincente. Podemos y debemos hacerlo. Lleva tiempo; tiempo que uno ha de pasar junto al otro haciendo preguntas y escuchando atentamente, y luego preguntando otra vez. Es así de sencillo y de difícil. Por supuesto, nadie puede dilucidar totalmente el misterio del corazón de otra persona, pero podemos aprender algo nuevo cada día. El hombre sabio que escribió Proverbios llamó al entendimiento un «manantial de vida» (16:22), una profunda fuente de sabiduría para todos los que lo buscan.
Otra vez digo, el entendimiento toma tiempo y es uno de los regalos más preciosos que podemos darles a los demás. Cómo elegimos pasar nuestro tiempo es la prueba más clara de cuánto nos preocupamos por aquellos a quienes amamos.
Pídele al Señor hoy que te dé la gracia de tener tiempo para entender a las personas que son importantes en tu vida.

martes, 6 de octubre de 2009

¿Estas preocupado?


En base a datos recogidos de entre más de 20 000 cristianos en 139 países, el estudio Obstacles to Growth (Obstáculos para el crecimiento) encontró que una media de más del 40% de los cristianos alrededor del mundo decían que «a menudo» o «siempre» corren de una tarea a otra. Alrededor del 60% de los cristianos dicen que «a menudo» o «siempre» el ajetreo de la vida se entromete en el desarrollo de su relación con Dios. Está claro que el ajetreo nos preocupa hasta el punto de distraernos de nuestra comunión con Él.
Parece que Marta también permitió que el ajetreo la privase de pasar tiempo con Jesús. Cuando ella les recibió a Él y a Sus discípulos en su hogar, estaba ocupada en preparar la comida, lavarles los pies y asegurarse de que estuvieran cómodos. Había que hacer todas estas cosas, pero Lucas parece insinuar que el ajetreo de Marta en los preparativos degeneró en una carga de trabajo que la distrajo de reflexionar en las palabras de Jesús y disfrutar del tiempo con Él (Lucas 10:38-42).
¿Y qué hay de nosotros? ¿Corremos de una tarea a otra, permitiendo que el ajetreo de la vida e incluso la obra para Jesús nos distraiga hasta el punto de no disfrutar de la dulce comunión con Él? Pidámosle a Dios que nos ayude a disminuir nuestras preocupaciones haciendo de Jesús nuestro centro.

Cabras para Jesús


Cuando Dave y Joy Mueller sintieron que Dios los instaba a mudarse a Sudán como misioneros, todo lo que sabían es que iban a ayudar a construir un hospital en ese país arrasado por la guerra. ¿Cómo podían saber que habría cabras en su futuro?
Joy comenzó a trabajar con las mujeres y descubrió que muchas de ellas eran viudas por causa de la devastadora guerra civil y que no tenían manera de ganarse la vida. Así que, tuvo una idea. Si pudiera entregarle tan sólo una cabra preñada a una mujer, esta tendría leche y una fuente de ingresos. A fin de mantener el programa activo, la mujer le devolvería el cabrito recién nacido a Joy, pero todos los demás productos provenientes de la cabra se utilizarían para apoyar a la familia de la mujer. El cabrito finalmente iría a otra familia. El regalo de las cabras dadas en el nombre de Jesús cambió las vidas de numerosas mujeres sudanesas, y abrió la puerta para que Joy compartiera el evangelio.
¿Qué tienes tú en vez de aquellas cabras? ¿Qué puedes dar u ofrecer? ¿Tal vez llevarle en tu automóvil? ¿Ofrecerte a trabajar en su jardín? ¿Proveerle de algún recurso material?
Como creyentes en Cristo, debemos ocuparnos de las necesidades de los demás (1 Juan 3:17). Nuestros actos de amor revelan que Jesús vive en nuestros corazones; por ello, darles a aquellos que tienen necesidad puede ayudarnos a compartir con otros acerca de Él.

Algo por lo que vale morir


Sophie Scholl era una joven alemana que vivió en los años 40. Ella vio cómo el gobierno de hierro del régimen nazi perjudicaba a su país y tomó la determinación de marcar la diferencia. Ella y su hermano, junto con un pequeño grupo de amigos, comenzaron a protestar pacíficamente no sólo contra las acciones, sino contra los valores que los nazis habían impuesto a la fuerza sobre la nación.
Sophie y los demás fueron arrestados y ejecutados por pronunciarse contra el mal en su país. Aunque no tenía deseos de morir, ella vio que las condiciones en su país debían ser denunciadas, aun si eso significaba su propia muerte.
La historia de Sophie eleva una pregunta de importancia crítica para nosotros también. ¿Por qué causa estaríamos dispuestos a morir? Jim Elliot, Nate Saint, Pete Fleming, Roger Youderian y Ed McCully dieron sus vidas en las selvas de América del Sur porque asumieron el compromiso de difundir el evangelio. Elliot reveló lo que llevó a tal sacrificio cuando escribió: «No es un tonto el que da lo que no puede guardar para sí para ganar lo que no puede perder». El apóstol Pablo lo dijo así: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia» (Filipenses 1:21).
Hay algunas cosas por las que realmente vale la pena morir, y en ellas ganamos la recompensa de Aquel que declara, «bien, buen siervo y fiel» (Mateo 25:21,23).

Expectación


Con un puñado de copos de cereal crucé de puntillas la terraza en mi patio de atrás tratando de acercarme sigilosamente a los peces de la laguna. Tal vez fue mi sombra sobre el agua, o quizá no fui tan sigilosa como creí. Al acercarme a la verja, quince enormes peces dorados nadaron a toda velocidad hacia mí abriendo y cerrando frenéticamente sus grandes bocas, anticipando ansiosamente el esperado festín.
Entonces, ¿por qué los peces agitaron las aletas con tanta furia? Porque mi sola presencia desencadenó una respuesta condicionada en sus diminutos cerebritos de pez, que les dijo que tenía algo especial para darles.
Ojalá tuviéramos siempre una respuesta así para Dios y Su deseo de darnos buenas dádivas; una respuesta basada en nuestra experiencia pasada con Él que fluyese de un conocimiento profundamente arraigado de Su carácter.
El misionero William Carey declaró: «Espera grandes cosas de parte de Dios. Intenta grandes cosas para Dios». Dios desea equiparnos de manera perfecta para lo que Él quiere que hagamos, y nos invita a «entrar confiadamente» para encontrar misericordia y gracia en tiempo de necesidad (Hebreos 4:16).
Cuando, como hijos de Dios, estamos viviendo con fe, podemos tener una expectación emocionante y una tranquila confianza en que Dios nos dará exactamente lo que nos haga falta, cuando lo necesitemos (Mateo 7:8-11).

Música del alma


En su libro Musicophilia: Tales of Music and the Brain (Musicofilia: Historias de la música y el cerebro), Oliver Sacks dedica un capítulo al papel terapéutico de la música en las personas que padecen la enfermedad de Alzheimer. Observó a personas con demencia avanzada responder a canciones que les traían de vuelta recuerdos que parecían haber perdido: «Los rostros se iluminaban de expresión cuando reconocían la vieja música y sentían su emotivo poder. Una o dos personas, tal vez, comenzaban a cantar la letra, otras se les unían, y pronto todas ellas (muchas de las cuales habían permanecido sin hablar anteriormente) estaban cantando, hasta donde su capacidad les permitía».
He visto suceder esto en los servicios dominicales de la institución que cuida a enfermos de Alzheimer donde vive mi suegra. Tal vez tú lo hayas experimentado con algún ser querido cuya mente ha quedado nublada, y una canción ha dado lugar a un estado de conciencia que viene de lo más profundo.
Pablo alentó a los efesios: «Sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones» (Efesios 5:18-19). Los cantos que glorifican a Dios pueden alcanzar el nivel más profundo donde el significado jamás se desvanece. Más que palabras, armonía o pensamiento consciente, la música es buena para el corazón y el alma.

Distorsión


Los cartógrafos lidian con el problema de la distorsión cuando muestran la forma redonda de la tierra en la superficie plana de un mapa. Como no hay manera perfecta de hacerlo, algunos mapamundis muestran Groenlandia como si fuese mayor que Australia.
Los cristianos también tenemos que lidiar con el problema de la distorsión. Cuando tratamos de entender el reino espiritual dentro de las limitaciones del mundo físico, podemos terminar exagerando aspectos secundarios y minimizando lo que es importante.
El Nuevo Testamento a menudo trata la distorsión que surge cuando las ideas de maestros populares se vuelven más importantes para nosotros que lo que Dios dice. El apóstol Pablo dijo que el propósito de Dios es «el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida» (1 Timoteo 1:5). La sana enseñanza no distorsiona la Palabra de Dios ni divide la Iglesia. Más bien, une a los creyentes y edifica el cuerpo de Cristo para que sus miembros cuiden unos de otros y hagan la obra de Dios en el mundo (1 Corintios 12:25).
Todo intento humano por explicar a Dios es insuficiente, e incluso puede distorsionar nuestras prioridades, confundir nuestro pensamiento y echar abajo nuestro entendimiento de la vida espiritual. Para evitar distorsionar la verdad de Dios, debemos depender de Su poder, no de la sabiduría del hombre (1 Corintios 2:5).

Luchando por arrodillarse


Antes de que John Ashcroft juramentara como senador, se reunió con familiares y amigos para orar juntos. Mientras todos se colocaban alrededor de Ashcroft, éste vio a su padre intentando levantarse del sofá donde estaba sentado. Como su padre estaba delicado de salud, le dijo: «Está bien, papá. No tienes que levantarte para orar por mí». Su padre respondió, «No estoy luchando por levantarme. Estoy luchando por arrodillarme».
Su esfuerzo me recuerda al que a veces demanda interceder por un compañero creyente. En Colosenses, Pablo se refiere a Epafras como un siervo que estaba «siempre rogando encarecidamente por vosotros en sus oraciones, para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere» (Colosenses 4:12). «Rogando encarecidamente» es la traducción de una palabra griega de la que obtenemos nuestra palabra «agonía». Se usaba para describir a los luchadores, que en los juegos de gimnasia griega es esforzaban mucho por vencer a sus oponentes.
Epafras pedía que otros creyentes llegaran a la madurez en su caminar con el Salvador. Nuestra concentración y disciplina debe ser la de pedirle a Dios que venza los obstáculos para el crecimiento espiritual en las vidas de los demás. ¿Estamos dispuestos a rogar «encarecidamente» en oración para que Dios satisfaga las necesidades de nuestros seres queridos?

La medida del amor


El 2 de octubre de 1954, el teniente James O. Conway estaba despegando del aeropuerto Boston Logan en un avión que llevaba una carga de municiones. Cuando su nave ya estaba en el aire, repentinamente perdió energía sobre la bahía de Boston; en un instante, Conway enfrentó una brutal elección —saltar del avión y salvar su propia vida, o estrellarlo contra la bahía causando su propia muerte.
Si saltaba, el avión se estrellaría contra un vecindario en el este de Boston, lleno de hogares y familias. De una manera asombrosa, Conway eligió estrellar la nave contra la bahía, dando su vida por las vidas de los demás.
En Juan 15:13, Jesús dijo: «Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos». La disposición a hacer el mayor de los sacrificios para proteger a los demás muestra un corazón que se preocupa más por las necesidades de los otros que por las propias. Alguien dijo una vez que «la medida del amor es lo que uno está dispuesto a entregar por él». Dios el Padre amó tanto que entregó a Su Hijo. Cristo amó tanto que entregó Su vida, hasta el punto de llevar nuestros pecados sobre Sí y morir en nuestro lugar.
La medida del amor de Dios por ti es grande. ¿Has aceptado Su amor de manera personal?

Clavado a la cruz


Fue un culto conmovedor en la iglesia. Nuestro pastor habló acerca de cómo Jesús cargó sobre Sí nuestros pecados y murió en lugar de nosotros para recibir nuestro castigo. Preguntó si alguien todavía sentía culpa por pecados confesados y por lo tanto no estaba disfrutando del perdón de Dios.
Habíamos de escribir el (los) pecado(s) en una hoja de papel, caminar hacia el frente de la iglesia y clavarla a la cruz que estaba colocada allí. Muchos avanzaron y durante varios minutos se pudo escuchar el aporreo contra los clavos. Por supuesto que este acto no nos dio perdón, pero fue un recordatorio físico de que Jesús ya había cargado sobre sí esos pecados al ser colgado a la cruz y morir.
Eso es lo que el apóstol Pablo enseñó a la iglesia en Colosas. Las personas se estaban viendo influenciadas por falsos maestros que presentaban a Cristo como si fuera insuficiente para sus necesidades. Pero Pablo explicó que Jesús pagó el precio por nuestros pecados. Dijo: «Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, …quitándola de en medio y clavándola en la cruz» (Colosenses 2:14).
Si confesamos nuestro pecado a Dios, buscando Su limpieza, Él perdonará (1 Juan 1:9). No tenemos que seguir aferrados a la culpa. Nuestros pecados han sido clavados en la cruz; han sido quitados. Jesús los perdonó todos.

Conclusiones apresuradas


El e-mail sólo contenía versículos bíblicos y provenía de alguien a quien no conocía muy bien, en una época en la que hubo discusiones entre los miembros de un comité de la iglesia en el que yo participaba. Asumí que los versículos iban dirigidos a mí de una manera acusadora y estaba molesta de que alguien que no conocía todos los aspectos involucrados en el asunto usara la Escritura para atacarme.
Antes de poder tomar represalias, mi esposo sugirió que le diera a esta persona el beneficio de la duda en vez de asumir lo peor. «Tal vez haya una explicación inocente», dijo. No podía imaginármelo, pero seguí su consejo y la llamé por teléfono. «Muchas gracias por llamar» me dijo. «Mi computadora tiene un virus y lanzó e-mails usando porciones de nuestra lección de la escuela dominical a personas al azar en mi directorio». Uy. Agradezco que Dios usara a Jay para impedir que yo creara un problema donde no había ninguno.
Al sacar una conclusión que era lógica pero falsa, me acerqué peligrosamente a la posibilidad de un conflicto innecesario. Los israelitas hicieron lo mismo. Estaban listos para ir a la guerra porque asumieron erróneamente que el altar construido por sus hermanos era una señal de rebelión contra Dios (Josué 22:9-34). Para evitar hacer juicios equivocados, debemos procurar conocer los hechos correctamente.

Contentamiento


Una apasionante fotografía mostrando a una anciana sentada sobre una pila de basura me hizo reflexionar. Ella estaba sonriendo mientras comía un paquete que había sacado de la basura. Muy poco le hacía falta a aquella mujer para quedar satisfecha.
Se habla mucho acerca de una economía en lucha y el costo de vida más elevado. Y muchos se angustian cada vez más con respecto a su sustento. ¿Será posible prestar atención a la enseñanza de nuestro Señor Jesús en Mateo 6:25: «No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir»?
Nuestro Señor no estaba diciendo que no necesitemos trabajar, o comer, o que no debemos preocuparnos por cómo nos vestimos. Él estaba advirtiendo contra aquellas cosas que se hacen tan importantes que nos convierten en esclavos del dinero para conseguirlas en vez de confiar en Él. «Ninguno puede servir a dos señores», dijo (v.24).
Buscar primero «el reino de Dios y Su justicia» (v.33) es reconocer que no importa cuánto esfuerzo realicemos para lograr una vida mejor para nosotros y nuestras familias; al final es el Señor quien cuida de nuestras necesidades. Y ya que Dios es nuestro Padre celestial, siempre tendremos suficiente.

El maestro como partera


La madre del filósofo Sócrates de la antigua Grecia, era una partera. Así que Sócrates creció observando cómo ella asistía a las mujeres al traer nuevas vidas al mundo. Esta experiencia influyó más tarde en su método de enseñanza. Sócrates dijo: «Mi arte en la partería es, en general, como el de ellas; la única diferencia es que mis pacientes son hombres, no mujeres, y mi preocupación no se centra en el cuerpo sino en el alma que está en labor de parto».
En vez de simplemente transmitir información a sus alumnos, Sócrates usó el algunas veces doloroso proceso de hacer preguntas perspicaces para ayudarles a llegar a sus propias conclusiones. Enseñarles a pensar se parecía a veces a la labor de parto.
Pablo expresó una idea similar para discipular creyentes en la fe cuando dijo: «Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gálatas 4:19). A Pablo le preocupaba que cada creyente creciera hasta llegar a la madurez espiritual a la semejanza de Cristo (Efesios 4:13).
Llegar a ser como Cristo es una experiencia de toda una vida; por lo tanto, necesitamos paciencia con los demás y con nosotros mismos. Todos tendremos desafíos y decepciones a lo largo del camino. Pero, si ponemos nuestra confianza en Él, creceremos espiritualmente, y tendremos cualidades de carácter que irradiarán vida nueva.

El amor todo lo cree


Hace 40 años o más que observé a un amigo mío mostrar gran afecto por alguien a quien yo consideraba indigno de amor. Pensé que mi amigo estaba siendo engañado y temía que al final quedara desilusionado y entristecido.
Cuando le expresé mi preocupación, él contestó: «Cuando estoy delante de mi Señor, espero que Él diga de mí que he amado a demasiados más que a demasiados pocos». Jamás he olvidado sus palabras.
Pablo insiste en que «[el amor] todo lo cree» (1 Corintios 13:7). El amor «cree» en las personas. Puede ver el potencial en ellas. Cree que Dios puede tomar a la menos atractiva e indigna de las personas y convertirla en una obra maestra de belleza y gracia. Si el amor yerra, debe ser en lo que respecta a confianza y esperanza.
Ciertamente, debemos estar al tanto del peligro cuando vemos que éste se aproxima y llegar a ser «prudentes como serpientes» (Mateo 10:16). Puede que el amor exigente sea la mejor respuesta a las personas irresponsables e insensatas, pero podemos ser demasiado cautelosos, precavidos y desconfiados.
No nos hace ningún daño real que nos engañen y estafen (Mateo 5:38-48). Es mejor creer en alguien y que nos rompan el corazón que no tener sentimientos. El poeta británico Alfred Tensión escribió: «Es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado».

¡Todos Cantan!


Cada verano disfruto asistiendo a muchos de los conciertos gratuitos al aire libre que se presentan en nuestra ciudad. Durante la actuación de un grupo de músicos de instrumentos de metal, varios de ellos se presentaron brevemente y dijeron lo mucho que disfrutaban practicando y tocando juntos.
El placer de compartir música en comunidad ha reunido a personas durante siglos. Como seguidores de Cristo, ya sea que estemos en grupos pequeños, coros o congregaciones, alabar a Dios es uno de los elementos clave de nuestra expresión de fe; y un día estaremos cantando en un concierto que no podemos ni imaginar.
En una visión arrolladora de los tumultuosos eventos al final de los tiempos, Juan registra un coro de alabanza que comienza con unos cuantos y crece hasta llegar más allá de todo número. En honor al Cordero de Dios, que con Su sangre ha redimido a personas de toda tribu y nación (Apocalipsis 5:9), la canción comienza en el trono de Dios; a ésta se le unen miles y miles de ángeles, y finalmente incluye a toda criatura en el cielo, la tierra y el mar. Juntos cantaremos: «Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos» (v.13).
¡Qué coro! ¡Qué concierto! Qué privilegio comenzar a ensayar hoy!

La oración de Julie


En el 2008, el equipo de la película Day of Discovery (Día de Descubrimiento) viajó a China para seguir la misma ruta de la vida del misionero Eric Liddel, el atleta cuya historia se contó en otra película, Carros de Fuego. El equipo incluyó a las tres hijas de Eric, Patricia, Heather y Maureen, que volvieron a visitar algunos de los lugares donde las dos hermanas mayores habían vivido. En el viaje también iba su anciana tía Louise.
En una ocasión, después de llegar a Pequín, todos tuvieron que caminar una buena distancia con su equipaje. Mientras lo hacían, la tía Louise se quedó sin aliento. Julie, un miembro del equipo de la película, se sentó junto a ella, puso la mano sobre su rodilla e hizo esta simple oración: «Querido Jesús, ayuda a la tía Louise para que respire». De inmediato, ella comenzó a recobrar el aliento.
Más tarde, Heather volvió a contar la historia y compartió que la oración de Julie había reavivado su fe. El sencillo acto de fe de Julie le recordó a Heather la continua conexión que tenemos con Jesús —una realidad que había dejado de lado en su vida.
Algunas veces necesitamos recordatorios de que Dios está cerca. Cuando vienen las pruebas y Dios parece lejos, recuerda la oración de Julie y la verdad de que sólo estamos a una oración de distancia para conectarnos con el Dios del universo (Juan 14:13).

Los otros


Durante mi niñez a menudo pasaba una semana cada verano con mis abuelos. Muchas tardes me echaba en la hamaca del jardín trasero y leía libros que encontraba en la estantería del abuelo. Uno de ellos era el Libro de Mártires de Foxe. Era lectura pesada para una niña, pero quedé absorta con los relatos detallados de los mártires cristianos, creyentes a quienes se les dijo que negaran su fe en Cristo pero que se resistieron a hacerlo —sufriendo por ello muertes horribles.
Hebreos 11 cuenta historias similares. Después de mencionar muchos nombres conocidos de aquellos que demostraron una inmensa fe en Dios, el capítulo cuenta acerca de la tortura y muerte de personas a las que simplemente se hace referencia como «otros» (vv.35-36). Si bien no se mencionan sus nombres, el versículo 38 les hace este tributo: «el mundo no era digno» de ellos. Murieron osadamente por su fe en Jesús.
Hoy oímos de cristianos perseguidos en todo el mundo, pero muchos de nosotros no hemos sido probados hasta ese grado. Cuando examino mi propia fe, me pregunto cómo respondería ante la perspectiva del martirio. Espero tener la actitud de Pablo, que dijo que, a pesar de que le esperaban «prisiones y tribulaciones» (Hechos 20:23), él esperaba acabar la carrera de la vida «con gozo» (v.24). ¿Estamos enfrentando la vida con ese tipo de actitud confiada?

Tumbas blanqueadas


Al estudiar la vida de Jesús, un hecho me sorprende de manera constante: el grupo que más molestó a Jesús fue aquel al que Él se parecía en apariencia. Jesús obedecía la ley mosaica y citaba a guías fariseos (Marcos 9:11-12; 12:28-34). Pero criticaba a los fariseos de manera particular y eran objeto de Sus ataques más fuertes. Les llamó serpientes, generación de víboras, insensatos e hipócritas (Mateo 23:13-33).
¿Por qué? Los fariseos dedicaban sus vidas a seguir a Dios, daban un diezmo exacto (v.23), obedecían toda la ley y enviaban misioneros para ganar nuevos conversos (v.15). Se mantenían firmes a los valores tradicionales, en contra del relativismo y secularismo del siglo I.
Pero las feroces denuncias que Jesús hacía de los fariseos muestran cuán grave Le parecía la tóxica amenaza del legalismo. Sus peligros son elusivos, escurridizos, difíciles de precisar. Creo que siguen siendo una gran amenaza hoy.
Jesús condenó el énfasis en los aspectos externos: «Limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia» (v.25). Las expresiones de amor por Dios se habían convertido en formas de impresionar a los demás.
La prueba de madurez espiritual no es cuán «puros» somos sino la conciencia que tenemos de nuestra impureza. Esa misma conciencia es la que abre la puerta a la gracia de Dios.

Un plan mucho mayor


Recientemente fuimos a visitar a un pariente. Durante nuestra estancia allí, tuvimos la oportunidad de nadar en una piscina pública. Fue divertido, pero nuestro anfitrión quiso llevarnos al Lago Eire para disfrutar de las playas con arena, las olas encrestadas y la belleza del atardecer. Mis hijos protestaron porque querían nadar en la piscina, pero traté de hacerles ver que ir a las playas de la Isla Presque sería un plan mucho mejor.
Creo que Jesús quería que Simón Pedro viera que Él tenía en mente algo mucho más grande para él —Pedro sería «pescador de hombres» (Lucas 5:10) en vez de pescador de peces. Jesús le dijo que fuera a las aguas más profundas y echara sus redes para pescar (v.4). Pedro acababa de regresar de una infructuosa noche de pesca, pero, al mandato de Jesús, él obedeció y dijo: «Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red» (v.5). Habiendo recibido una lección de humildad con la pesca milagrosa, Pedro se inclinó con respeto reverencial ante el Señor. Jesús entonces le dijo que a partir de ese momento Él quería que fuera pescador de hombres. Pedro lo dejó todo y siguió a Jesús.
Puede que el plan más grande de Dios para nosotros no sea que dejemos nuestra ocupación. Pero sí es Su plan que usemos nuestro tiempo, recursos y posición para llevar a los demás al reino.